Debajo de la Embajada

Actualizado: jun 19

Cuando llegué, ya Alexis estaba listo –¡viste compadre, siempre es igual, ahora me toca esperar por ti! –me reclamó medio molesto–. Esa noche, según el parte mentirológico (como le decíamos) había anunciado olas de 2 metros para embarcaciones menores, pero como siempre, el mar era un platico y el viento estaba del sur, cosa que favorecía esa tranquilidad porque detenía las olas contrarias. Bajé el muro en la islita, donde comienza el Maine, casi enfrente de la pizzería “La Piragua”. –¡Dale, apúrate! –me insistió mientras prendía un cigarro–. Saqué mi cámara (Neumático de guagua 11x20 marca Yokohama de liga), la bombita de aire de inflar balsas de playa y la red para cubrirla. Comencé a inflarla, algunos huecos hechos por espinas de pargos, dejaban salir el aire, para eso yo usaba pedazos de carnada pisadas con una tablita, que al presionar con la red, detenían el escape mientras más se estiraba. –Listo! dije con rapidez–. Antes de ponernos las patas de rana, escondimos la ropa en los huecos del muro (como siempre) y nos tiramos al mar.


Esa etapa de entrar al agua, era lo más parecido a la libertad, sentir como te vas perdiendo entre la claridad que generan las luces del malecón y flotas hacia una oscuridad visible.


Era mediados de junio de 1982, la luna estaba redonda y el pargo San Juanero estaba comiendo como nunca, lo sabíamos porque los botes de la base de pesca del Almendares, estaban allí. En esa parte del malecón, era donde más picaba el pargo rojo de lunar hermoso. Para nosotros existía una marca geográfica infalible, debíamos llegar hasta el frente de la “Embajada Americana” a unos 700 metros de la costa y luego alinearnos con el capitolio. Era conocido por todos los del gremio de las embarcaciones submenores (nosotros) que los boteros llamaban por radio a la garita del río, y en pocos minutos llegaba la lancha zapatico (una torpedera con guardias rasos) con sed de balseros.


Precisamente ya habíamos hecho trabajo de campo, visitando dicha base y haciendo amistades. Aprendimos a jugar dominó, participábamos en reuniones de anécdotas, ellos entre rones y cigarros, a veces me ponía a barrer el lugar y los ayudaba a darle un poco de orden, haciendo montañitas de escamas. Yo me sentía muy bien en ese sitio, era lo más parecido al niño de la serie “Flipper” sólo que mis delfines si andaban en el mar.


Nos acercamos a los botes para ser visibles y saludar, dejando en claro que estaríamos alejados para evitar enredarnos los nylon, pero que éramos nosotros, y que no llamaran a la lancha por equivocación, que solo queríamos pescar tranquilos sin molestar. Lancé mi primer carajuelo rojo (vivo) en un carrete y un jiniguano en otro, le di doce brasas a uno y al jiniguano lo mandé para el fondo, buscando mi primer pargo de la noche. Estaba sonando la canción “Tú mi Delirio” en la voz de Elena Burke, interpretada en vivo, por eso sabía que era como la una de la madrugada y lo sé, porque conocía a todos esos artistas, no solo de verlos llegar al hotel Saint John, sino porque en las noches del rincón del feeling, tocaban el mismo repertorio. Era un lujo extra para mi, contar con una música que atravesaba el cielo del vedado y se expandía en el mar, hacia mi propio cabaret privado, lleno de estrellas reales. Los pies y las patas de rana como timón y motor, revolvía el agua, llenándola de luz fluorescente producida por el plancton. Prendí un cigarro y cuando el fósforo tocó el agua, el primer carrete salió disparado, hice un giro para alcanzarlo cuando el segundo también volaba por el aire. Era tal vez la sensación que buscaba con todo aquello, la misma del viejo y el mar (que a mi edad ya había leído), era el poder de la espera. Luché contra mis dos bestias por un rato, una con cada mano, mientras mi cigarro se mojaba con gotas de lluvia que llegaron para cambiar la escena. Miré al horizonte y luego a la ciudad, llamé a Alexis pero no lo veía, los botes habían desaparecido, el viento se hacía más fuerte mientras se viraba del norte, una tormenta eléctrica se dibujaba en el cielo cada tres segundos, de pronto oigo una voz que se acerca –¡vamos! decía –¡oye, ayúdame con uno! –Le grité a Alexis estirándole la mano con el carrete del carajuelo –¡parece que es un gallego y está muy grande! –¿Qué? –¡que me ayudes! –¡no, estás loco vamos, salgamos ahora! –gritó Alexis mientras rechazaba mi carrete –¿dónde está la orilla, no la veo?–. Ya la tormenta se había instalado en minutos, no era la primera, a veces terminaban rápido, pero esta, pensaba pasar la noche allí.

Para donde quiera que miraba se veía una cortina de lluvia, era tan fuerte el ruido que no se escuchaba ni Elena ni Troya. Estar en el medio del mar sin saber a donde avanzar es confuso, la referencia lumínica de la ciudad no nos servía, ya que se había ido la luz en el litoral. Como una aparición, alcancé a detectar el cuásar del Faro del Morro y rápidamente me ubiqué. Una de mis herramientas favoritas es el poder de mi chiflido, es tan fuerte que causaba malestar en el barrio, pero eran mis señales de humo. Alexis dio con migo y avanzamos hacia la orilla, ambos sabíamos cual era el único lugar cercano, por donde podíamos salir, que no fuera ir hasta la bahía de la habana o el 1830.

Nos acercamos a la orilla entre unas olas gigantes. Sabíamos que debíamos contar el número de olas, ya que casi siempre cada cinco estampidas de espuma hay un descanso de una y era ahí cuando debíamos subir. Pero esa estrategia no nos serviría en ningún lugar del malecón que no fuera la playita de la embajada. Alexis salió primero, yo mantenía a mis peces enganchados y aunque ya no quería pescarlos, tampoco quería cortar el nylon y dejarlos marchar con ese sufrimiento en la boca, que significa un anzuelo. Las olas estaban furiosas y me tocó usar el truco aprendido en la playa del chivo, me tiré al agua a quince metros de la costa y volteando la balsa me acosté como un surfista en su tabla, y fui arrastrado hasta la orilla. Alexis me ayudó con los carretes y pude ponerme a salvo, saqué cada gallego y casi con ternura los liberé de su infierno, no querían nadar, parecían perritos amaestrados en esa pecera de rocas. Los ayudé a salir a aguas profundas y desaparecieron en su paraíso. Ya en roca firme, desinflé la balsa y la tiré por ahí para rescatarla más tarde… o más temprano, porque ya venían siendo las 3 de la madrugada.


Alexis estaba pegado al muro, porque las gotas del aguacero eran insoportables, lo imité y nos quedamos en silencio durante un par de horas. Era tan sencillo como subir el muro y llegar a casa, pero había un problema, en esa parte del malecón estaba terminantemente prohibido que los transeúntes que paseaban por el sentadero de la habana se estacionaran.


Al frente se encontraba la “Oficina de Intereses” (para mí la Embajada Americana) y en cada esquina quedaba una posta con un guardia nacional, dispuesto a disparar a cualquier objetivo sospechoso, tampoco podíamos avanzar hacia los extremos, porque el estrecho escalón por donde se podía caminar debajo del muro, era completamente resbaladizo, y con seguridad caeríamos mortalmente al dienteperro.


Nunca había logrado alcanzar el estado del sueño en vertical, pegado al muro y con la cara metida detrás de un tubo, de los que sirven para poner las luces en los carnavales. La claridad de la mañana me despertó y para sorpresa mía, Alexis no estaba en su lugar, el mar estaba más calmado y me permitió avanzar por el escalón, hasta que más adelante pude subir el muro. En short y sin zapatos, llegué a casa. Estaba agotado por el trajín, así que puse unos periódicos sobre la cama y dormí como merecía. En la tarde me di mi buen baño y con un poco de luz brillante me arranqué el petróleo quemado de las piernas, un pegoste del que sufrimos los balseros y nadadores nacidos y criados en la cuevita del tiburón.


¡Asere, que bolá! –Un bostezo me contestó al otro extremo– ¿a que hora caemos hoy? –pregunté, sin que mamá escuchara– a la misma pero ¡sé puntual coño!.


© Oscar Huerta 2020


0 vistas