El mejor café de la Habana

Actualizado: jun 19

Lo primero que hice cuando llegué fue sacar los vasos y las tazas, todo estaba limpio así que, esperé a que llegara el del almacén para que me despachara los insumos del día. El administrador del restaurante me entregó el fondo; una bolsa con cincuenta pesos en monedas para iniciar la jornada. Abrí la caja registradora y para mi sorpresa estaba llena de billetes y monedas del turno de la noche anterior, conté todo el dinero mientras mi compañero preparaba la primera colada del día, lo eché en la bolsa vacía y me dirigí a la administración. El administrador Filgueira hablaba por teléfono y sin asombrarse me recibió la bolsa mientras yo trataba de explicarle con señas a las que él respondía con gestos positivos mientras contaba el efectivo.

¿Y esto? –preguntó colgando el teléfono– no sé, estaba dentro de la caja cuando la abrí –le dije mientras buscaba la salida– en ese momento me pareció una situación normal aunque, era extraño que el turno de anoche no hubiese entregado el dinero del cierre.


Mi compañero de turno me insinuó que, al parecer mis jornadas no estaban generando las regalías de siempre y ¡se rumorea que tu café está quedando muy bueno! –dijo con sarcasmo–.


Llamé a mi tío y le conté lo sucedido, después de todo fue él quien me metió en el gremio gastronómico y no debía hacerlo quedar mal. ¿Tu has hecho todo como te enseñaron? –preguntó– que yo sepa sí tío –y añadí– eso tiene cara de ser una trampa, yo siempre llego primero porque vivo al doblar, ¡me quieren sacar del puesto! –dije con certeza– tío, he hecho todo bien menos echarle más agua al café, ellos me explicaron todo pero yo no me presto para eso, ¡no me da la gana! –y reafirmé– ¡no lo voy a hacer!.


Y no lo hice, me trasladaron de puesto alegando que se necesitaba personal adentro en el self-servicie. Yo había pasado tres meses despachando el café mas puro de la habana, y recibiendo piropos de los clientes y trabajadores de la zona quienes pasaban en sus horarios de descanso a probar mi tinto y fumarse un popular, en el turno de la noche no faltaban Elena Burke, Cesar Portillo, José Antonio Méndez, Martín Rojas, Ángel Día y otros artistas que cantaban en el famoso pico blanco del hotel Saint John en las noches del feeling en la acera de enfrente. ¡Chino, tú si le sabes a esto! –decían unos agradecidos– ¡pipo, que rico tu lo haces! –decían otras por agradecer– me había ganado el respeto de todos y algunos guiños de ojo.


El Wakamba acababa de ser restaurado y reabierto al publico cuando me contrataron, habían añadido un mesón en la parte de afuera con una novedosa cafetera de varios tipos, aunque eran escasas las veces que alguien se antojaba de un expréss.


En las mañanas se llenaba de transeúntes asiduos, quienes disfrutaban la primera colada, unos en las pequeñas tazas y otros lo querían en vasos y que estuviesen mojados; como a mí, a ellos les encantaba el vapor que se creaba.


Pero la instrucción había sido dada paso a paso, consistía en dejar la llave del agua de la cafetera abierta hasta que llegara al primer remache de la jarra de aluminio, luego se debía serrar y esperar a que se completara la colada. Eso significaba un excedente de café que generaba unas ganancias de dos y hasta tres pesos por colada, de un total de cuarenta coladas en un turno.


No podía perder el trabajo, sino el día del juicio me podrían ubicar en un puesto del gobierno como: construcción, cazar cocodrilos en la ciénaga de zapata o sepulturero… Esas eran las pocas opciones que tendría de no haber sido por mi tío. Después de todo recoger bandejas en un carrito era menos comprometedor, no tenía que tocar dinero ni responder por nada serio.


Maldita la hora en que le maduré el ojo al policía ese, ahora estuviera tranquilo, ¡pero le pasó por atravesado y a mi por imbécil! ¡Coño le hubiera dado el carnet y ya! que desgracia –me lamentaba– ¡pero que hijo de puta, con esa prepotencia! –me encendía– ¡esta es mi ciudad, no me jodas! –me reafirmaba–.


Tres meses antes había llegado a casa y había un fiestón tremendo, papá y mi hermano echando chistes, mi novia y algunos amigos, me uní sin problema, cantamos, reímos, que bien la pasábamos juntos. Eran como las nueve de la noche, porque hacía un ratico había sonado el cañonazo, cuando tocan a la puerta. Abrí y sin dudas me reconocieron contrastando mi cara con su carpeta, ¡mira! no queremos importunar pero debes acompañarnos un momento –me dijo el de uniforme guiándome con la mano– ¿adonde? –pregunté– ven allí te explicamos –me dijo muy amable, pues no quería dañar la reunión– salí sin despedirme, me hicieron entrar en un carro de policía y nos dirigimos a zapata y c la estación de policía de la zona. Esa noche después de los registros correspondientes y la burocracia institucional, tuvieron la amabilidad de no meterme al calabozo, como era menor de edad me dejaron dormir en una mini cafetería en la entrada de los mismos, donde comían los detenidos.


Al otro día me subieron a una combi de traslado; y no sabía rumbo a donde pues, solo veía el asfalto desde la rejilla por la ventana trasera. Pasaron como cuarenta minutos hasta que se abrió la puerta, fueron muy gentiles en no esposarme. Hicimos una cola como si fuera una bodega, encima había un tenebroso cartel que decía “Sala Carbo Servía” luego adentro me informaron que pasaría quince o veinte días de peritaje por reglamento del sistema, ¿que sistema? –pregunté insistente– el mismo que tu defraudaste, y guarda silencio –muy enfático él– ¡pero no estoy enfermo! –reclamé en vano– ¡dale entra! –me ordenó, mientras me entregaba a un enfermero de bata blanca–.


Después de un chequeo previo, me dieron una sábana, un jabón de lavar, una toalla y dos paquetes de populares, ¡ahórralos que solo te tocan cada dos días! –me advirtió el enfermero– ¡fumar es lo que más se hace aquí! –concluyó, mientras abría una reja, como si estuviese desarmando una rueda de bicicleta–.


Era un lugar bastante siniestro, un salón enorme de puntal alto dividido por dos colores, los que vestían de gris y nosotros los de blanco. Alguien que parecía saberlo todo allí me indicó una cama vacía, me acompaño como si fuera responsable de mi ubicación y esperó a que tendiera la cama para sentarse. ¿Por qué estás aquí? –la pregunta del millón– yo había aprendido en las largas conversaciones de los ex presidiarios pescadores del malecón, que esa pregunta no se respondía, sino con cualquier evasiva o un gaznatón de frente, yo preferí la evasiva, ¡un error! ni siquiera sé donde estoy –le dije encajonando el habla– ¿asere te puedes levantar de mi cama? –más guapo aún– ¿quién cojones te dijo que te sentaras? –mirándolo fijamente– el socio se alejó y me dio pena, después me enteré que estaba allí por haber asesinado a su madre y padre; pero no le había hablado de esa manera para intimidarlo, sino para que los que estaban alrededor supieran que yo era un blanquito del vedado dispuesto a lo que fuera, después de todo lo que me sobraba era edad y los veteranos en la cana, le temen a los menores.


En la noche me enteré que estaba en Mazorra, sí, allí mismo, el psiquiátrico de la habana, pero con la diferencia de estar en la sala Carbó Servia. Mientras jugaba cubilete apostando cigarros el panorama se dilucidaba. Solo con parar oreja, me iba enterando de nuestra presencia allí. Era un lugar horrible, dividido entre locos de remate y otros en proceso. Los de gris eran enfermos que habían trasladado de las cárceles cercanas porque su locura traspasaba los límites, eran dopados con tres pastillas diarias, secobarbital, dexactedrón y comvulcín 100, lo sé porque a los de peritaje también se las daban, pero por supuesto que no la ingeríamos a pesar de hacer el amague. Era una garantía para intercambiar por otros productos de aseo, tabacos o cigarros.


A mi tercer día de estancia, llegó un guajirito del campo al cual guiamos y enseñamos su cama sin sentarnos, era un muchacho noble, preocupado por su situación, como todo novato contó a voz populi lo que le pasaba, estaba convencido de no haber hecho nada malo, solo había matado a su caballo que sufría de cojera, y era normal que en esas circunstancias el animal fuera sacrificado, lo que él no sabía es que el único autorizado para esa fase, era el estado cubano. Como lloraba ese muchacho, se lamentaba por su caballito e ignorancia.


Cinco días después sin motivo aparente, se llevaron al guajirito alrededor de una hora y al devolverlo, cuatro enfermeros lo cargaban como un animal y lo tiraron en su cama, a pesar de estar vestido de blanco no dejaba de echar espuma por la boca. Aquello fue muy impresionante y alarmante, ¿será que a todos nos toca el electroshock? –sospeché– según los que sabían, a él le tocarían tres sesiones más; aparentemente si recibías una tanda de corrientazo, las siguientes eran reglamentarias.


Las rejas del recinto que conducían al patio donde bañaban a los grises a manguerazos de agua fría, no eran cerradas con candados sino con unos tornillos y tuercas enormes, el carcelero de bata blanca cargaba unas llaves inglesas con las que apretaba o aflojaba la cerradura. Una vez pensé en escaparme por la rendija donde pasaban las bandejas en el comedor, solo tenía que romper la puerta y una vez adentro, correría en la madrugada hasta alcanzar la avenida Bolleros, un sinsentido, sabiendo que en un archipiélago hay poco margen de escape. Como a los de peritaje nos unía la presunta inocencia, éramos separados imaginariamente de los hombres de gris, la mitad de la sala era de ellos y la otra mitad nuestra, no había conflicto alguno, los grises hacían de público ovacionando las partidas de ajedrez, dominó, damas y cubilete, su premio era recoger los cabos de cigarro tirados al suelo, sus dedos tenían una postilla de piel quemada en la yema del índice y pulgar, carentes de huellas dactilares.


A la sala Carbo Servia no iba remitido cualquiera, debías tener los méritos necesarios y cumplir con ciertos tipos de delitos como: Intento ilegal de salida del país, accidente vehicular, diversionismo ideológico o atentado a la autoridad… Este último era mi caso, una típica pelea con un policía atravesado, delito por el cual existe condena de dos años de privación de libertad o en su defecto dos años de trabajo correccional sin internamiento; en caso del individuo encontrarse trabajando se limitará a solo: desplazarse de la casa al trabajo y viceversa, y en caso de incurrir en delito alguno durante ese período, el tribunal revocaría la sentencia a prisión por el tiempo restante.


La cita con la psicomotricista fue rápida, dibujé lo mejor que pude lo que indicaba cada hoja. Con la psicóloga fue más explicativo, ella quería saber todo desde el inicio para poder concluir.


¿Que sucedió esa tarde? –preguntó sin mirarme– fui a merendar con mi novia al hotel capri donde trabaja mi madre, sentado en su oficina llegó Margarita una bailarina que me conoce desde niño y se me sentó en las piernas, me besuqueó los cachetes y me palpó las pestañas mientras se reía, mi novia entró el cólera y salió del lugar, yo salí detrás explicándole que ella siempre lo hacía y que a mi me caía mal pero la toleraba. Luego nos sentamos en un escalón en el edificio de la esquina donde estaba la casa de Porto Carrero y allí terminábamos de aclarar el asunto con ademanes y en voz alta, en ese momento se acerca un policía con tremenda mala forma a pedirme el carnet, me negué reclamándole un mejor trato, pero el lugar se llenó de patrullas en segundos por ser una zona hotelera. Se bajaron otros policías y sin preguntar me cogieron a la fuerza mientras me resistía y a bastonazos y empujones me metieron al carro, al parecer alguien le avisó a mamá que salió corriendo seguida de una turba de trabajadores que me vieron nacer y empezaron a reclamar por mi liberación, les gritaban ¡esbirros, abusadores es un niño! Mamá se metió al carro dispuesta a acompañarme y en ese momento Ángel el policía del problema vació el interior del carro con gas lacrimógeno dejando a mamá casi sin aliento y a mi ciego y asfixiado, entre el desespero saqué la cabeza para respirar y el policía intentó empujarme cuando en defensa, le metí un piñazo en el ojo que se lo puse morado.


Dejó de tomar algunas notas y me puso atención. ¿Qué pasó después? –preguntó– me llevaron a zapata y c y allí me bajaron al calabozo, pero por ser menor de edad no me encerraron, el policía Ángel bajó a retarme de tú a tú, hicieron una rueda y el se me paró de frente y se quitó la camisa, el reloj y se puso en guardia –diciéndome– ahora vamos a ver que tan gallito eres. Yo hice lo mismo, me quité el reloj aunque no tenía y lo enfrenté pensando que iba a ser un pelea limpia, pero cuando ataqué, un antebrazo perteneciente al carcelero me sonó un bofetón que caí al piso; ahora pienso que me estaba haciendo un favor ya que me conocía, ¿de dónde? –preguntó curiosa– de allí mismo, es que siempre que nos atrapaban pescando en balsa en el malecón la guardacostas nos remitía a la unidad, ¿y luego? –atenta– luego nos dejaban ir, pero nos decomisaban los pescados y nos ponían una multa de ciento ochenta pesos, ¿quién te la pagaba? –yo mismo, eso me lo ganaba en una noche pescando –Sonrió y me indicó la puerta–.


Anunciaron mi salida y la de otros para tres días, el guajirito iba por el segundo electroshock, muchos pensaron que los necesitaba, que los médicos sabían lo que hacían.


Nunca había visto a un hombre tan desesperado y desesperante como mata siete, un moreno flaquito que no paraba de tender su cama y acostarse, hablaba solo y se volvía a levantar, tendía y se acostaba… así todo el día, todos los días. Había estado preso en el combinado del este y lo habían trasladado por su nivel de locura.


Una noche desperté en lo que parecía un motín, pero no era más que una fila de grises pegándole con el pie al suelo y gritando de dolor, al parecer unos desocupados de piyama blanco, le ponían unos papeles entre los dedos de los pies y le prendían candela uno por uno y así se despertaban en fila. En ocasiones les tiraban cigarros trampa al suelo, pero no caían en ella, sabían que explotaban cuando los prendian, luego empezó a pasar con los cabos de cigarro al cual le colocaban la trampa al final y tenían que arriesgarse. Que triste destino para esos hombres sin retorno.


La última tarde acudí al llamado sin despedirme, en la puerta me esperaba la misma combi que me había traído y fui rescatado del infierno, ¿Qué tal las vacaciones? –me preguntó el chofer de uniforme– La pasé bien, muy rica la comida –le contesté para sabotearle su burlita–.


Ahora mi abogado de oficio, tendrá argumentos atenuantes para mi defensa el día del juicio, al parecer, el estado mental es la única arma con la que cuenta un abogado para probar la inocencia de su representado o disminuir su condena.


Mientras llegaba la cita ante el juez, seguiría acumulando horas de trabajo en el Wakamba, para reclamar mi libertad con carácter retroactivo. Una tarde antes de acabar mi turno, entré a la cocina con el carrito lleno de platos y atrapé al cocinero con “las masas en la mano… las manos en la masa… las ratas en la mano, ¡shhh, no has visto nada! –al verse sorprendido– cuando miré dentro de la olla de aluminio, había una cría de ratoncitos bebés, hervidos y de color rosado que habían caído no precisamente por la golosina de la cebolla, sino por vaciar las cajas de espaguetis sin mirar. El cocinero los sacó con cuidado usando un colador y depositó los espaguetis en la bandeja que esperaban en el self-service bajo el menú de “Espaguetis al Burro” que iba acompañado de un cuadrado de mantequilla, así a secas.


Recordé las incontables veces que había comido allí, incluyendo el “Arroz con Calamar” y la “Crema Aurora” también pasó anteriormente con unas cajas de pollo que se pudrieron, el administrador Filgueira había ordenado a la cocina que salieran de ellas, pero no es que las fuesen a botar, la orden era sacarlos a la venta bien fritos con una sazón encubridora, pero aún así el hedor a pollo podrido era insoportable, algunos se lo comían, otros alcanzaron a entender mis señas y lo devolvían dejando una nota en el buzón de “Quejas y Sugerencias” que por supuesto terminaba en la basura.


Casi un mes después de aquel peritaje, abrí la ventana de la sala de mi casa que da justo a la acera y desde donde se puede ver el malecón mirando hacia la derecha, vi a una persona meterse sospechosamente al edificio de enfrente y cerrar la puerta, esperé a que sus pies se vieran cuando pasara por el respiradero de la escalera, pero no sucedió. Esa persona debía estar debajo de la escalera aguardando a alguien para robarle o quien sabe –pensé–.


Como nunca he pedido permiso para meterme en líos, salí de casa, agarré una manopla de mi hermano por si acaso, crucé la calle y abrí la puerta, subí las escaleras con normalidad, luego descendí en silencio y escuché un lamento de animal herido. Justo estaba debajo de los relojes contadores de la luz, ¿Hola qué te pasa? –le pregunté al afligido hombre, que no paraba de llorar –sígueme– le pedí con confianza y fue detrás de mi cubriendo su rostro.


Bajamos por la rampa trasera del restaurante Moscú y nos metimos encima de la cisterna donde yo guardaba a algunos perros de la calle mientras los curaba. ¡Este lugar es seguro! –le dije mientras le mostraba donde sentarse– ahora sí, cuéntame qué sucede –le dije en confianza– el joven que no paraba de llorar solo decía –¡yo no lo hice, no puede ser!– ¿que fue lo que hiciste? –pregunté compresivo para lograr su confesión– ¡maté a mi hija! –aseguraba confundido– ¡cuéntame qué pasó! –le dije en posición de psicólogo– ¡no sé! mi esposa y yo discutimos y ella quería quitarme a la niña y entonces yo me desesperé y salí al balcón con ella y me tiré, ella la aguantaba de un brazo y yo del otro… ¿y la niña? –pregunté angustiado– ¡no sé que pasó, si cayó conmigo… no sé! –decía mientras se golpeaba en la cara y se rasguñaba el pecho con rabia.

De pronto reconocí ese rostro, estaba bastante mal herido, le ayudé a quitarse la camisa desgarrada y vi que tenía grandes rasguños en la espalda, como las marcas que deja el dienteperro. Todo coincidía con su historia, él se encontraba forcejeando con su esposa por la niña, de pronto se lanza del balcón en un primer piso, pero no recuerda si la niña cayó con él, luego cruzó la calle y se lanzó al mar pero no supo suicidarse, la ola lo arrastró hacia los arrecifes y sin zapatos subió y caminó por debajo del muro hasta la calle Humboldt, allí pudo subir y llegar hasta donde lo encontré.


Fui a mi casa a buscar agua oxigenada y mercurocromo, también alguna ropa de mi hermano para vestirlo y un sándwich, con la ropa vieja que se quitó se limpió las heridas y le apliqué las medicinas, se vistió y lo llevé hasta la parada de la ruta dos en la calle infanta, en el camino paramos en las vegas y le compré un café pero no le hizo efecto, era casi agua. Seguimos subiendo la calle, yo iba delante y él me seguía, no quería hablar y yo tampoco, me senté en un murito al lado del caballero de parís quien vendía sus libros y él me imitó. ¡Ahora cuando venga la 2 te montas y te bajas en la última parada –no le dije que era en párraga­– mañana ve a la policía para que ellos te ayuden a averiguar que pasó, ¡te deseo suerte, seguramente la niña está bien! –le dije–, le di algo de dinero, crucé la calle y desde la esquina lo vigilé hasta que se fue.


No sabía que el guajirito estaba casado y que tenía una hija pequeña, seguramente esos problemas maritales los tuvo, no por haber matado a su caballito, sino por los corrientazos que recibió en mazorra, nadie puede ser el mismo después de eso.


© Oscar Huerta


0 vistas