La Guagua

Actualizado: jun 19

–Wicho quedó conmigo en que pasaba por la islita a eso de las 6:00 a.m. hicimos un nuevo trato y me preguntó si tú estarías de acuerdo ­–le dije a Alexis –¿cuál trato? –preguntó dudoso –él dice que nos compra todo ahí mismo, pero que ajustemos el precio, está dispuesto a pagarnos diez pesos por cada pescado que cojamos del tamaño que sea, si es pequeño o si es grande, yo le dije que sí, pero que iba a hablar contigo, ¿que piensas? –le dije –hablamos allá, ya voy a salir –respondió y colgamos–.


En la tarde mamá me había increpado seriamente con unos fajos de billetes que yo escondía detrás del estante de la cocina y que ella encontró mientras lo movía para limpiarlo. –¡Dime qué significa esto? ¿de dónde sacaste ese dinero? –no pude aguantar la risa –mamá es mío, son mis ganancias –le dije despreocupado –¡pero es que parece que has robado un banco! –dijo angustiada, –mamá yo los separo por nominación, los plancho y les pongo la cinta de papel para ordenarlos solamente –le aseguré, mientras recogía el dinero. –Tú me vas a matar de un susto muchacho –angustiada, se sentó en el comedor–.


Le tuve que explicar paso a paso el proceder de mi pequeña fortuna, e conté de los clientes que pagaban muy buen precio por la libra del pargo y del gallego. –¿Y tú piensas que yo te voy a creer? ¿me vas a decir que pescando en el muro del malecón vas a coger algo? –me retaba, –el que sabe sí mamá –afirmé–. Le hablé de diferentes tipos de pesca y nuevas estrategias aprendidas, pero la verdad es que ella no sospechaba ni remotamente lo que yo hacía en el malecón de la habana; ella me imaginaba sentado en una roca con mucha paciencia esperando a que un pececito picara mi anzuelo infantil, no tenía ni idea de mi osadía, y no podía confesarle la verdad, ahí sí que le daría un yeyo.


Llegué a la islita primero que Alexis, desde abajo lo vi llegar y me reía viéndolo disimular para bajar el muro, porque estaba lleno de parejitas besuqueandose y no sabia cómo hacer. –¡Asere llegas tarde! ­–le dije devolviéndosela–, no dijo nada y se puso a inflar la balsa a millón. –Ahora sí cuéntame lo de Wicho –preguntó interesado, –que nos compra todo el pescado que cojamos y nos paga en efectivo, así nos podemos ir a dormir y él se va a esa hora a vender el pescado –le repetí– ¡a mí me cuadra asere! a esa hora ya con el varo en la mano es mejor, además andar con cuatro gallegos caminando por la habana es un abuso, mira estos bracitos, –le mostré y se rió– yo no lo hago por dinero, si total, no hay nada que comprar, solo más nylon y anzuelos, tengo carretes de todos los calibres, con mil metros de nylon cada uno y sin empatar, el otro día le compré a Domingo un carrete Luxor de vara en 500 pesos y ahí lo tengo tirado, donde lo saque me lo roban –afirmé–.


Ya eran las 11:00 P.M. y las parejitas seguían en lo suyo, nos tiramos al agua y ni se enteraron, esa noche había un poco de corriente del este así que le dije a Alexis que fuéramos hacia el 1830 y que después nos devolveríamos por la orilla que había menos corriente, me dijo que se quedaría en la zona porque estaba cansado, yo le dije que entonces nos veíamos en la mañana en la islita para

Fui hasta el primer canto del veril y allí cogí un carajuelo rojo pequeño y un jiniguano, los enganché con un anzuelo noruego del 5 por debajo de la boca y los lancé, uno a media agua y el otro a flor de agua, con una distancia entre ambos de 10 metros más o menos y me dejé llevar por la corriente mientras salía a unos 600 metros de la costa. Me gustaba ir viendo pasar los edificios, avanzaba como si estuviese caminando por el agua.


Cuando llegué al Martí busqué un poco la orilla para arrimarme a la calle G y malecón, allí había amigos del 1830 quienes traían machuelos en una carretilla vivero, para pescar desde el muro. Le chiflé a un conocido y le pedí su caja de cigarros y fósforos ya que los míos se habían humedecido. Me acerqué al arrecife y después de entregármelos me ofrecí para sacarle el nylon a unos 300 metros con un machuelo; eso era un sándwich vivo.


Después del intercambio me dejé llevar por la corriente sin el menor esfuerzo, era muy raro que a esa hora, aun mis carretes estuviesen secos. Demasiado silencio en la habana, llegué hasta el teatro Carlos Marx y decidí regresarme usando la corriente de la desembocadura del río Almendares para impulsarme. Era muy sospechoso que no hubiese cogido ni un gallego a esa hora, esa soledad solo se explicaba por la presencia de escualos; me ha pasado que un pargo se ha comido a mi jiniguano y lo ha soltado entero con algunas mordidas y eso se debe a la presencia de un tiburón o varios. Hasta ese entonces había aprendido que los tiburones andaban por ahí abajo, pero que ellos no atacaban a las patas de rana, nunca me había descuidado al momento de sacar un gallego del agua, un hermoso pez ancho y plateado como una lata. Unas veces apenas los enganchaba y tras una corta lucha eran arrancados por los filosos dientes dejando solo la cabeza como prueba, otras eran llevados enteros y dejaban dos y tres metros de nylon como una lija.


Todas esas imágenes se dibujaban en mi mente como anécdotas vividas, mientras regresaba a casa convencido de la mala noche. Cuando llegué a la punta de G y malecón, el muro estaba vacío, parece que la jornada había sido la misma para todos, el mar estaba hecho un plato y la luna comenzaba a salir por los lados del morro. De pronto un estruendo detrás de mí me paralizó, algo había volado fuera del agua dejando un enorme aguaje, invoqué a todos los santos que recordaba mientras quedaba en shock por el tamaño de la huella en forma de burbujas. Subí los pies a la cámara y agarré mi cuchillo de Rambo, traté de controlarme pero mi corazón no podía, sentí una presencia aumentada con el silencio de la noche y cuando miré a la derecha una enorme aleta avanzaba a mi lado y a la izquierda también, iban escoltándome sincronizadas a favor de la corriente. No podía creer tanta generosidad así que miré fijamente a la luna y juro que le vi hasta los tres juanes en el bote, parecía una santa.


Después de mi alucinación estuve un rato a la deriva sin rumbo fijo, en esa época el sol aun salía por el este, la primera claridad me trajo un alivio tremendo, metí los pies en el agua lentamente sin hacer mucho ruido mientras me acercaba al Maine y ya podía ver con claridad el fondo del mar en esa parte que es un bajo bastante largo, diría que de tres a cinco metros de profundidad. Era una mañana muy clara, iba mirando toda la vegetación marina cuando de pronto una mancha negra como una sábana pasó por debajo de la balsa y acelerando salió volando del agua una manta raya como nunca había visto ni veré, mientras me reponía del susto, siguió nadando a flor de agua con las puntas de sus dos aletas, mientras se dirigía hacia el morro. Supe que era la leyenda, la llamada Guagua, que en ocasiones arrastraba todos los naylon de los pescadores en la bahía cuando pasaba, los mismos que alcancé a ver enredados como trofeos a su cuerpo y pensé en el daño que se le había causado al monstruo.


En la orilla estaba Alexis con las manos vacías y Wicho venía caminando por el muro, salí del agua, mientras desinflaba y recogía mis cosas iba contándoles todo sin tanto drama y con la valentía recuperada después de poner los pies en roca firme. Salimos con las manos vacías, Wicho no podía creerlo, cerramos el trato y quedamos de acuerdo en que los sábalos no los pescaríamos, era un pez hermoso y gigante pero lleno de espinas, aunque Wicho insistió que él los podía vender en el barrio chino, descartamos la idea; los chinos le caían a rodillazos y luego sacaban la pulpa para croquetas desperdiciando más de la mitad del animal, sin sábalos cerramos el trato.


Aunque quedamos en vernos al otro día, esa tarde tenía una entrada para el cine, estaban dando una película que dos años atrás intenté ver empinando los pies para aparentar más edad, pero esta vez ya cumplía con el requisito y documento para demostrarlo. Aunque no la iban a poner en los cines de la habana sino en un cinecito que quedaba en los bajos del “Ministerio del Trabajo y Seguridad Social” en la calle 23 y como se trataba del mar mamá me había conseguido una entrada pero no sabía el título de la cinta.


Llegué antes para fumar y no había mucha cola, sonó un timbre y pasamos. Recordé la cantidad de películas que veía en esa sala cuando era más niño ya que allí quedaba mi circulo infantil “Los Andinos y Los Compañeritos”. Se apagaron las luces y después del obligatorio noticiero ICAIC apareció el nombre en la pantalla, “El Tiburón Sangriento”. No es necesario comentar lo que pasó en esa sala. Con Wicho y Alexis me vi como quince días después, casualmente había alguien interesado en adquirir carretes de pesca de calidad a cambio de una bicicleta, fue el inicio de una linda etapa sobre ruedas.


© Oscar Huerta

#pescadores #relatos #malegondelahabana


0 vistas