La pastora en el malecón

Actualizado: jun 19

Fui al examen sabiendo que no podría ejecutarlo, hubiese preferido haber enviado el brazo por correo para justificar mi ausencia; a veces el delito y el delincuente van de la mano. Ya en la esquina del conservatorio no tuve opción, había sido visto por otro alumno que apuraba su paso. Subí las empinadas escaleras de la antigua casona y después de anunciar mi asistencia con la mirada, me asomé al balcón para fumar. Evité que la ceniza cayera encima de Reutilio jr. quien se detuvo a abrir un portafolio en el último escalón. Mientras acomodaba sus partituras, pude ver entre hoja y hoja, un enorme cuchillo de cocina, con perfecto contraste entre hoja y mango.


Pasaron dos cigarros más; lo que dura una pieza clásica de cualquier estudio de Leo Brouwer. Escuché la última nota y calculé mi entrada. El profesor Luis señaló mi lugar y antes que me mal entendiera, le di una caja de fósforos con las pruebas. –¿Y esto? –me preguntó curioso– lo siento profe, no puedo tocar –le dije, mientras lo ayudaba a abrir la caja. Me partí dos uñas en un accidente –¡mira!–, saqué los dos pedazos y los armé como un rompecabezas, mientras demostraba que encajaban perfectamente en cada dedo.


La verdad es que había estudiado toda la semana y no podía sustentarlo. Bajé las escaleras decidido a regresar al malecón, pero me senté en el parque Lennon de la esquina (que en 1996 carecía de nombre y escultura). Iba a prender otro popular antes de decidir lo que haría, pero con la tensión, había olvidado la caja de fósforos en el aula.


Subí hasta la calle 23, y en un estanquillo compré una revista Sputnik del 80 para leer mientras caminaba. Había escuchado que un buen ejercicio de atención, consistía en leer en medio de mucha bulla y distracción, mientras te concentrabas en el contenido del texto; así se cayera el mundo alrededor.


Abrí el articulo de la Soyuz 36 y sin salirme de la línea discontinua en mitad de la calle, y con la mirada en los párrafos, bajé caminando desde la Avenida Paseo, hasta la rampa, en medio de veloces autos, guagas y choferes que trataban de desorientarme con sórdidos gritos.


Esa noche había dormido bastante relajado a pesar de mi consciencia. La siguiente noche no tanto, me desperté de un sueño recurrente en mi infancia… en el que íbamos a la playa “Santa María del Mar” (como todos los sábados en el carro de mis tíos), pero en alguna parte del sueño, papá se baja corriendo y se perdía en la multitud.


Esperé despierto hasta que amaneció y decidí enfrentar la verdad. Me puse ropa que pudiera botar, en mi mochila de pesca guardé un cuchillo y guantes para las manos (no quería perder más uñas) también una correa, ya que, no encontré soga.


Al frente de la casa, en la parte trasera del restaurante Moscú, había una carretilla de construcción que me serviría. Sin pedir permiso la agarré y salí de allí. El vagón rodaba perfectamente aunque un poco pesado para mis fuerzas. Podría parecer sospechoso si me atravesaba en el paso de alguna patrulla, así que decidí cortar camino por entre calles del vedado. Busqué J (detrás del Martí deportivo) y crucé la Avenida “Marina” hasta el muro.


Habían pasado tres días, desde mi hallazgo, necesitaba valor para subir y mirar. ¿Y que pasa si lo que presiento, es lo que es? Me di cuenta que no traje algo para taparlo en caso de que me toque llevarlo, porque en el otro caso podría dejar la carretilla allí mismo y largarme. –¡No!, esa idea no es buena –reflexioné– en caso contrario me llevo el vagón por la misma acera del malecón que es más rápido y si algún policía me interroga, le digo la verdad y acabo con esto.


Sin dudarlo subí el muro en el lugar exacto, el sol estaba en su punto, me senté mirando al horizonte y poco a poco fui bajando la mirada hacia las rocas. Allí estaba, aun respiraba, mi corazón comenzó a salirse del pecho, debía apurarme. En mi mente ya había practicado la secuencia de los movimientos, necesitaría sangre fría por el bien de ambos. Bajé a los dienteperros con la correa en la mano y fui directo a su boca, improvisé un bozal y sin pensarlo, lo agarré por el pellejo sacándolo del charco, para mi sorpresa no pesaba mucho, mis fuerzas eran suficiente. Agarré ese saco de huesos y apoyándome en el tubo lo subí al muro, detrás subí yo y nos fuimos, nadie se dio cuenta, nadie me miró; como yo me hubiese mirado de haberme visto con otros ojos.


Uno más, uno menos… qué importa, para mi eran ocho, siete de salida y uno de entrada. Nunca pensé ser tan ignorado como en ese trayecto desde el Martí hasta Humboldt siete, allí vivía mi cómplice, un viejito sin edad y sin nombre (nunca nos presentamos), a todo decía que sí, fuese la hora que fuese; yo solo le tocaba la puerta y él salía firme y decidido con una maletica, sin reclamos… bueno sí –¿hay que subir algún muro? –preguntaba– yo me encargo, ya aprendí a inyectar subcutáneamente, ¿recuerdas que me enseñaste? –sí, eso creo– y reía como si fuera inocente. Los dos estamos en esto –le dije cuando me abrió la puerta– ¡pero siempre vienes de madrugada! ¿qué ha pasado?– ya te cuento –susurré, para que su esposa no me escuchara.


Ahora éramos dos sospechosos intergeneracionales, arrastrando un vagón de construcción, en una ciudad donde escaseaba el cemento. Acomodé el lugar con cartones, cerré la tapa de la cisterna y puse la carretilla en su lugar, nadie lo notó. Hicimos la tarea y nos despedimos.


Llegué puntual a, la psicóloga, era casi de mi edad y muy linda. Me entregó los papeles y un lápiz, era un test muy predecible y tramposo, no sabía si llenarlo bien o fallar intencionalmente. Pensé que si era meticuloso en las respuestas, podría tener un diagnóstico favorable aunque, no quería causarle una mala impresión. El veredicto de un sicólogo, tiene tremendo peso para evitar el servicio militar obligatorio, con ella puedo salir después.


Parte de la prueba era oral, debía contarle algún pasaje negativo que recordara con frecuencia. Le hablé sobre la mañana en que caminaba hacia la escuela y en la loma que está en la parada de la ruta 2 frente a la casa de Menocal, unos niños más grandes que yo en esa época, se divertían jugando a darle con un palao a un costal que colgaban de un árbol, parecía divertido porque todos reían. Cuando salí de la escuela subí la loma y me di cuenta que lo que estaba dentro del saco era un animal, un perrito pequeño de pelo amarillo, parecía dormido. Lo dejé un poco más escondido detrás de un árbol y le puse unas hojas encima. No me atreví a subir como en un mes, pero ya no estaba allí, solo su pelo. Le empecé a llevar flores todos los días, hasta que desapareció y… ¡Ya! es suficiente –dijo– nos vemos en 15 días –es la última consulta que te toca– dijo cerrando el cuaderno.


Los ojos se me volvieron a aguar a pesar del tiempo, ¿que habrá pensado la doctora?

Menos mal que no le conté el gran dolor que aquello me había causado, y que me sentía culpable por no haber hecho nada. Si hubiese subido la loma a tiempo, tal vez hubiese detenido a la jauría, amenazándolos con mi hermano mayor, siempre funcionaba.


Tío me había ayudado con el carro a sacarlos de la ciudad en grupos con mucha discreción. Dos, estaban en los pasillos detrás de mi edificio, tres, debajo de la loma del Moscú y dos en la azotea, escondidos de algunos amigotes delatores que avisaban al carro de zoonosis solo por verme sufrir. Yo solo los protegía, los curaba y engordaba, luego los liberaba a su suerte en las afuera.


Se nota que hiciste la tarea –me dijo el veterinario– ya podemos operarla, tiene buen peso y pelo, el cáncer en las mamas es por no haber sido madre. Esa misma tarde me la dejaron llevar, mamá permitió que le preparada un lugar en el pasillo al lado de mi cama. ¡Solo hasta que se mejore! después la regalas ­–me advirtió–.


No podía cumplir esa promesa y ella lo sabía, llevaba tres meses cuidando a ese animal, después de haberlo rescatado de su destino; morir en un hueco lleno de agua salada y golpeada con cada ola contra el arrecife, después de que sus dueños la lanzaran contra el diente perro, por padecer cáncer. Recuerdo el día que partí mis uñas intentando sacarla, me agredió con toda su rabia, la espuma en sus dientes salivaba de violencia, le hablé con cariño, le silbé, le tararee soniditos tiernos para que se dejara sacar de allí, pero no me entendía, me identificaba como su agresor y me alejé. Esa tarde no regresé a intentarlo, la abandoné a su suerte porque sabía que no resistiría, y no quise recordarlo.


Ahora, me paseo por el barrio con Laica, todos la miran, saben su historia sin habérselas contado, se le acercan, la miman, ella agradece cada palmada, le tiran la pelota, la busca y la devuelve, luego se acuesta en su rincón a mi lado y dormimos tranquilos, y así rutinariamente.


En la cafetería el Wakamba, tenía mi contacto para que me recogiera las sobras de comida, sobre todo pollo y carne, por un peso cubano me llenaban una lata grande. Con qué deseos comía Laica. El último perro que salvé era chino, de color gris y la piel como una lija, tenía unos pelos en la cabeza como un gorrito, eran despreciados por muchos, le curé la sarna con petróleo quemado del malecón, todos los días lo embarraba con el chapapote hasta que sanó, lo sé, porque dejó de rascarse con desespero y siempre lo encontraba dormido en su escondite, lo liberé en las afuera de Párraga.


Los abusadores que maltrataban a los animales que pasaban por el barrio, fueron mudándose, los perros dejaron de llegar, solo Laica quedaba como un trofeo, un regalo merecido por el esfuerzo.


La llamada de la psicóloga preguntando por mi madre, me hizo sospechar, reconocí su voz, no le di tiempo a que hiciera lo mismo al responderle con un “unjm” levanté la extensión y escuché con recelo. La llamo por lo siguiente –dijo la profesional– debo completar el expediente, pero veo que me falta información del padre, ¿a que edad lo abandonó? –preguntó– ¿abandonó a quién? no le comprendo –dijo mamá– ¡el padre! tengo entendido que cuando era niño, un día que iban hacia la playa, él se bajó del carro y se fue, y que nunca más volvió… ¿Quién le dijo eso? –preguntó mamá muerta de risa– él me lo contó en forma de sueño –aseguró la doctora con lujos sin detalles –¡oh, sí! eso sucedió, pero él era muy chiquito, no creo que lo recuerde –¿pero entonces lo abandonó? –insistía– el padre se bajó del carro, pero fue para recoger a un animal que habían atropellado y terminó llevándolo al veterinario, no es que se hubiese ido.


Colgué con cuidado y comprendí el mal entendido, después de todo esperaba sumar motivos a la causa, que bajo cualquier circunstancia diera positivo, no importaba el veredicto, solo escapar del verde, un papel que justificara que no era apto para el ejército. Volví a soñar con el día de mi padre y la playa, nuevamente me desperté, Laica se quejaba con un profundo gemido mientras lamía su herida. Prendí la luz y descubrí una llaga abierta, entrañas a la vista y la consentí, le dije que no se preocupara que iríamos al médico en la mañana.


Por suerte el vagón seguía en su sitio, hicimos el recorrido por la calle Infanta hasta Carlos Tercero, ella estuvo tranquila pues, alguna confianza le generaba el olor a escombros de la carreta. Como era solo cuestión de volver a cocer la herida, cedí el turno a varios perritos que necesitaban más atención y que llegaban de uno en fondo, por primera vez vi una bandeja llena de piedras sacadas de un riñón de un French Poodle, la dueña le mostraba con orgullo a los presentes. Al final de la tarde nos tocó el turno, todo fue muy rápido. El doctor me miró, toca aquí –me dijo– y aquí ¿lo notas? –le asentí– Fue operada de cáncer cierto? ­–me preguntó, mientras confirmaba con el infalible tacto. ¿Quieres un consejo? –me miró comprensivo– debes sacrificarla ya mismo –no dije nada– estos tolondrones crecerán y el animalito sufrirá, si la quieres, hazle el favor. Yo no iba preparado para eso, habíamos imaginado un futuro juntos, y así de repente se acabó.


Fue la decisión inesperada más terrible que me había tocado aceptar hasta ese momento, en menos de dos minutos, Laica y yo nos separábamos para siempre. Confío, en que el doctor la cremó como me prometió, pues no merecía ser echada a la basura, el mismo lugar de donde la rescaté.


En la siguiente cita le conté mi tristeza a Bertica la psicóloga, y nos enamoramos solo por quince días… se iba del país.


© Oscar Huerta


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