La Virgencita

Actualizado: jun 19


Era finales de Julio de 1983 y estaba comiendo el pargo como nunca, después de visitar a mis abuelos en el cerro, fui a comprar un una nueva cámara a la terminal de ómnibus de 20 de Mayo, subí los escalones prefabricados del muro por la parte de atrás y esperé a ver al mecánico correcto. Se me acercó uno y limpiándose las manos de grasa me dijo –¡cuéntamelo!– en una especie de contraseña, yo quería estar seguro al insinuar mi objetivo. –¡Solo estaba buscando algún neumático que no sirva –le dije de frente–, me hizo una seña de espera y se fue, al poco rato regresó con tres cámaras y las tiró al piso como si no sirvieran. Aunque no movía la boca yo alcancé a escuchar las palabras –¿cuál quieres?, tengo una Yokohama otra Firestone de liga y una rusa sintética 11x20, las dos primera 20 pesos y la rusa 10, –me dijo sigiloso, –¡La Yokohama! –respondí–, él la tiró por encima del muro y cayó en la yerba del parque, con disimulo le dejé caer los 20 pesos estrujados como una bolita y desaparecí del lugar.


La noche anterior yo estaba a 800 metros de la costa subiendo a un pargo rojo de unas 12 libra, eran como las 3:00 a.m. y el animal forcejeó un rato en el fondo hasta que subió casi flotando porque se les llena la barriga de aire. Le metí la mano en las agallas para guardarlo en el saco y apretó tan duro una especie de piedras que tiene adentro con la que tritura a sus presas, que casi me destroza la mano. Al tratar de guardarlo se me resbaló y con todo el espinazo me pinchó la balsa. Tres huecos dejaban escapar el aire, sin pensarlo le quité el anzuelo al pez y con el mismo le pinché la barriga para sacarle el aire y lo liberé, vi como se hundía tranquilo. Tapé los orificios con parches de carnada temporal, pero como era una balsa rusa sintética se rajó a la redonda. Hay momentos en los que no te puedes quejar porque solo tienes una opción. Ubiqué la orilla y me fui flotando de espaldas sin hacer mucho ruido con las patas de rana, mientras iba tirando pescaditos pequeños al agua para distraer a algún depredador curioso. No recuerdo el tiempo que demoré en llegar pero alcancé a contar unas cuatrocientas estrellas en la oscura noche.


Por eso sin pensarlo escogí la Yokohama, esa no se raja con nada por ser de goma. Había descubierto un punto donde comía el pargo y el gallego como nunca, era en la virgencita al frente del motel “Las Vegas” que está antes de llegar al parque Maceo. Le decían así, porque años atrás habían cementado a una virgen en la punta de una roca de la cual solo recuerdo los cimientos; era un punto de referencia cuando entraba la sardina al malecón.


Ese sábado llegue al muro más temprano y me bajé en la cuevita del tiburón a saludar a unos amigos y a llevarles algo de comer, allí estaban el carpintero y matanzas dos inquilinos que pernoctaban desde hacía un tiempo. El carpintero había salido de la cárcel tras 14 años y matanzas estaba siendo buscado por algo que no hizo y se había ido de su provincia. El primero estaba viviendo allí porque su familia se había ido del país y no contaba con recursos ni vivienda después de haber salido del presidio, era algo sabio y buena gente. Me daba gracia verlo pescar vestido para sábado, yo les había traído unas ropas de mi hermano la semana anterior y el carpintero escogió el uniforme de portero del salón rojo del hotel capri; era una especie de smoking azul que le daba categoría al oficio.


Decidí esa noche tirarme por la cueva y de paso me llevé un par de chicharros vivos, salí en diagonal viendo como se alejaba el hotel nacional, hasta que me alineé con el capitolio y la virgencita, hacía bastante corriente y eso es algo incómodo, porque toca dar mucha pata de rana en contra. Yo tenía en varios puntos del mar unas boyas pintadas de gris para evitar que se vieran y ancladas al fondo con un nylon de 63 libras, eso me permitía engancharme y quedarme en un lugar fijo mientras la corriente cesaba.


A esa hora ya estaba bastante cansado, así que me recosté en mi nueva balsa que había inflado redondíta y pareja, se notaba la calidad. Podía dormir toda la noche sin preocuparme, de pronto en el silencio de aquel tranquilo mar comencé a escuchar chapoteos a la redonda, seguí recostado mirando el firmamento hasta que el sonido se hizo constante. Me levanté y vi como pasaban por debajo de la balsa cientos de cuerpos que dejaban su estela a través del brillo alborotado del plancton fluorescente, parecían tubos veloces, sacaban el lomo del agua dejando ver su aleta. Me asusté, aunque pronto supe que era una manada de delfines que se daban un banquete con las sardinas; recordé que siempre que hay delfines también están los tiburones y ahí me volví a asustar. Estuve un rato atento a lo que hacían, fue un espectáculo inolvidable, suavemente le solté bastante nylon a mis chicharros para alejarlos del alboroto, pues no quería enganchar a un delfín sin querer.


Me volví a recostar cómodamente esperando a que el agua se calmara, pero con esa tranquilidad y el trasnocho acumulado, caí en un sueño profundo tan redondo como mi balsa.


No puedo asegurar lo que pasó después, pero traté de explicárselo una y otra vez al oficial guardacostas de cojímar. Abrí los ojos por el ruido estrepitoso de una sirena de barco y estaba completamente de día, con la claridad me levanté despacio, viendo a mi lado un ferrocemento y encima la tripulación gritándome con desespero, confundido busqué la costa y solo veía unos pequeños edificios a lo lejos que parecían los de alamar y al lado vi el castillo de cojímar que conocía perfectamente. Estaba a unas cinco millas de la costa cuando me ayudaron a subir a la embarcación y mientras preguntaban por mi salud yo trataba de entender cómo había llegado hasta allí.


El capitán del barco sacó un cuchillo y me desbarató la balsa nueva a puñaladas, estaba furioso y vociferaba desesperado, me gritaba –¡comemierda, culicacao!– y entraba a la cabina. Yo estaba aferrado a mi vara de pesca, porque no quería que me la rompieran; ni la policía me había tratado tan mal, como ese capitán de barco. –¡Él perdió a un hijo de tu edad que desapareció en el mar, también estaba pescando en balsa! –me dijo uno de los ayudantes sin que el hombre lo viera. El capitán enfiló proa hacia la orilla a todo motor. Yo miraba el color azul tan oscuro que tenía el mar en ese lugar; sinónimo de profundidad. Recordé haber leído en una revista de “Mar y Pesca” que en esa zona habían sacado al “Monstruo de Cojímar”, el tiburón blanco más grande capturado, ¿sería por eso que Hemingway había vivido allí? –me pregunté–.


Llegamos al muelle y el capitán me agarró del brazo zarandeándome con fuerza para que no intentara escapar, mientras subíamos la escalera del castillo donde estaba el puesto de la guardacostas. Me entregó al oficial y se fue, no pasó ni un segundo cuando volvió a entrar con la cara llena de lagrimas y me pidió disculpas, me cargó sin permiso y me abrazaba como si fuera su hijo, –gritando –¡perdón, perdón!–, llegó un teniente y lo tranquilizó mientras me apartaba. Se despidieron después de un par de palabras, me volvió a mirar y ahí sí se fue.


–¿Tú viste cómo dejaste a ese hombre? ¡destrozado!, –me dijo el teniente, mientras se lanzaba sobre mi vara y la estrangulaba hasta partirla en pedazos. –¡eres el vivo retrato de su hijo!, ¿sabes que se perdió en el mar?, ¡desapareció en un abrir y cerrar de ojos! ¡nunca lo encontramos!, ¿hasta dónde pensabas llegar?, ¿te ibas del país en esa mierda?, –gritaba enfurecido–, Le hice entender mi molestia por haber roto mi vara, había demorado en hacerla casi dos semanas, era de una antena de barco de fibra de vidrio enteriza que conseguí en el astillero chullima, le había sacado el alambre del centro con mil trabajos y todos los días le daba lija de agua hasta lograr la curvatura perfecta.


–¡Yo no me iba del país teniente! –le dije, yo estaba pescando en el malecón de la habana y me quedé dormido, es todo. –¡No me hagas reír, los extraterrestres te cogieron y te soltaron a 15 kilómetros! ¿cierto? –se burlaba en mi cara–. Le expliqué que esa noche había una corriente muy fuerte, la cual me había arrastrado hasta allí. Me pidió el número de teléfono de mi casa y se lo di equivocado para que se aburriera de llamar. Le advertí que por favor no le contara a mi madre, porque eso le provocaría un infarto, que yo me comprometía a no tirarme más en balsa y menos después de semejante susto. El hombre me dejó ir cuando terminó de regañarme y me dio unas monedas para la guagua.


Bajé las escaleras del fuerte, bordeando la orilla de la playa de cojímar, crucé a nado el estrecho rio por donde está el golfito, caminé hasta la playa de los rusos en alamar, allí cogí la 116 rumbo a la habana, andaba en short y sin zapatos, sentí un poco de vergüenza ante la presencia de los pasajeros que me miraban con cara de lástima. Me dispuse a bajar en la parada de infanta y humboldt pero al parecer ya esa ruta no paraba allí, le dije al chofer que me diera un chance en la esquina y se negó, la guagua vino a detenerse en el coppelia. Eran las 11:00 a.m. y esa zona estaba llena de extranjeros, así que con la cara bien dura bajé por todo 23 hasta la casa.


Cuando llegué mamá estaba llorando con tremendo desespero, al lado estaba Alexis con mi ropa en la mano, tenían cara de velorio y por supuesto lo negué todo. Les dije que me había quedado dormido debajo del malecón tapado con unos cartones; mientras le abría los ojos a Alexis para que se callara.

Entré, después de bañarme me puse a hacer tareas atrasadas de la escuela y pensaba en cómo iba a armar nuevamente mi equipo de pesca. En la tarde con la excusa de visitar a los abuelos, fui directo a comprar la Firestone. Una temporada como esa, no se vería hasta el próximo año.


© Oscar Huerta

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