Las piñas del Mariel

Actualizado: jun 19

En pleno mundial de fútbol España 82, yo acababa de cumplir 12 años; lo recuerdo porque tenía un pullover con el logotipo. Estábamos un piquete de fiñes pescando machuelos en el muro del malecón, poco antes de la desembocadura del río Almendares, frente al terreno de pelota del José Antonio Echeverría. Esa tarde vimos una guagua de turismo que paró justo en frente de nosotros esperando el tráfico, en lo que parecía ser una delegación. Uno del grupo gritó –¡ahí va Oscar! –señalando para el bus –¡es Oscar de León! –lo reconoció otro–. Se veía a un mulato risueño y con gafas que miraba hacia el mar desde su ventanilla empañada por el aire acondicionado, era igualito al de los videos que estaban promocionando en el televisor.


La caravana siguió con su lujo mientras caía la noche. Nosotros a capturar machuelos para el viaje al Mariel, no sabíamos si allá habría y; era mejor precaver que no pescar. Nos despedimos y quedamos en vernos al otro día en la parada de la 218, yo me llevé la bolsa de machuelos, porque el refrigerador de mi casa era enorme, cabían tres gallegos grandes en diagonal y uno acostado, así la congelación de la carnada duraría hasta llegar al puerto. Solo una vez había ido a pescar allá pero con la vara y pollitos artificiales, en una parte donde unas compuertas generaban cierta corriente que dejaba ver a las Jiguaguas y gallegos luchando contra ella. Yo tenía la fantasía de vivir el momento en que dejara caer un machuelo en esas aguas, ¿que variedades de especies saldrían de sus escondites para deleitarse con aquel sardinón plateado?, sabía que no debía ir sólo… entre varios, sí podríamos cargar la cantidad de pescados que cogeríamos.


A ninguno de estos chamas les gusta la aventura, les aburre tener que desplazarse tan lejos para pescar, no disfrutan de la imaginación, de cómo será la realización del momento esperado. Por eso les di un motivo que no rechazarían, recordé que esa vez que fui al Mariel, desde la guagua había visto un sembrado de piñas; que de no ser porque la ruta demoraba varias horas en pasar, me hubiese bajado a darme un atracón… eran tan grandes que con un ejemplar bastaba para saciarme.


Todos hablaban de traer muchas piñas en vez de pescado, me di cuenta que eso generaría problemas a mi principal objetivo. Como era domingo, la frecuencia del transporte se reducía a la mitad, por eso cuando todos llegamos a la parada en Miramar aun no había salido el primer bus. Todos traían mochilas verde oliva del ejército, que eran las que se conseguían a 15 pesos, eso sí, con los tatuajes de la lengua de los Rolling Stone, Beatles, Led Zeppelin y la manito de Sasson entre otros, una verdadera mezcolanza de criterios.


Yo recordaba el trayecto por la carretera, porque justo dos años antes, cuando regresaba con mamá de visitar a mi hermano en la beca en el Mariel; aunque era viernes… la guagua había sido detenida en Miramar, en cercanías de la embajada del Perú. Fue la primera vez que tuve conciencia de la existencia de un país con ese nombre.

Al parecer una guagua llena de personas se había metido a la embajada, rompiendo la cerca y proclamándose asilados políticos, a las pocas horas eran miles, yo tenía alguna relación con el término ya que mi abuelo Marcelino había sido preso político, sucesos incomprendidos por mí en ese entonces, nadie en la familia quería hablar delante del niño. Lo cierto es que existía algo que le llamaban la revolución y que hubo un antes y un después. Eso lo recuerdo perfectamente, me gustaba revisar las gavetas en los escaparates de mi abuela y rebuscar todas las revistas en blanco y negro donde aparecía un mundo viejo, aunque nuevo para mi.


En esas gavetas conocí unas bolitas del tiempo de antes, que resultaron ser adornos de los árboles de navidad, una tabla que se llamaba Güija, desde donde hablaban los muertos y otros enceres del tiempo de antes. Esa frase me causaba mucha curiosidad, todo era del tiempo de antes… –¡Cuidado con esa taza! –que es del tiempo de antes… –¡ese plato también!–. Un día mi tío viéndome sufrir con unos patines chinos de ruedítas de plástico, sacó del baúl de sus recuerdos unos ejemplares marca Unión 5; también del tiempo de antes y me los entregó como algo demasiado especial acompañado de la frase. Las ruedas eran de hierro, no había calle que aguantara su poder –¡cuídalos, que son para siempre –me dijo–.


Yo no tenía conciencia de lo que era el tiempo, así que la frase “El tiempo de Antes” se convirtió en un referente de mucho, mucho tiempo atrás, algo hecho al principio de los tiempos. No tenía plena noción de los años transcurridos, época prehistórica de la que en realidad, solo me separaban quince o dieciocho años. Llegué a pensar que las cosas en el mundo ya no se fabricaban, que existían ciertos objetos con los que la humanidad debía lidiar. Que triste me sentí cuando desbaraté los Unión 5, había roto la cadena de tiempo y nadie los heredaría.


Llegó la 218 y todos se montaron como paticos de uno en fondo, subí detrás y pagué los cinco pasajes, dejando claro que el resto del viaje era mi responsabilidad, ya que ninguno de los patos había salido nunca de su charca. Por el camino les quise cambiar el orden de sucesos, les dije que primero iríamos a pescar al Mariel y al regreso nos bajaríamos donde las piñas… los cuatro patos se negaron al instante, alegando que tenían mucha hambre y que era mejor ir con la barriga llena por si las moscas.

Como ya se avecinaba el huerto, pedimos permiso en medio de la molotera de gente para que nos dejara acercar a la puerta; recuerdo a una señora que también se quería bajar en el lugar… y luchaba por abrirse paso… con el liderazgo que me caracterizaba, anuncié a los pasajeros que por favor dejaran bajar a la ancianita… la señora agarrada del tubo de la puerta también se agarraba a mi vara de pesca intentando partirla con desespero mientras me gritaba –¡Ancianita tu abuela HP!– y con mucha decencia logré liberar a mi vara hecha de antena de barco de sus manos de garras. Ya en la avenida, la señora se fue refunfuñando mientras nosotros quedábamos atónitos al ver semejante cosecha. Cruzamos la cerca y como el mar quedaba a unos 200 metros, decidimos avanzar hacia la orilla. Fuimos a investigar la costa en esa parte; era puro arrecife inhóspito, lo cual nos mostraba un nuevo punto de pesca para un futuro; los lugares vírgenes eran muy fructíferos.


Estuvimos un rato descubriendo el lugar, los paticos estaban deseosos de saborear la fruta y yo también, pero eso podía esperar, habíamos encontrado otro lugar maravilloso y debíamos explorarlo. Eran como las nueve de la mañana y caminamos por la costa sobre el dienteperro hacia al oeste, buscando lo que parecía ser la desembocadura de una bahía. Ese manjar visual ameritaba una visita de reconocimiento. Llegamos hasta la punta y al mirar vimos una hermosa bahía con un barco hundido cerca de la playa, después de una breve asamblea decidimos que era mejor seguir, las piñas estaban a la misma distancia del naufragio y podíamos esperar para el banquete. Bordeamos la desembocadura saltando y bajando piedras que nunca habíamos visto, cangrejos, caracoles y charcos llenos de sapitos; unos pescaditos que parecen gusarapos.


Resultó ser la desembocadura de Vanes, fuimos hasta la playa, recorrimos todo el lugar y planificamos un pronto regreso. Llegamos a la certeza que si nos tirábamos en balsa donde el río se encuentra con el mar, haríamos zafra con el pescado.


Decidimos regresar, porque la sed y el hambre aumentaba; no debíamos descuidar el objetivo secundario de nuestro día. Ya en el piñal, desenfundé mi cuchillo de Rambo; era una especie de todo en uno, tenía brújula, y si la desenroscabas adentro tenía una cuerda de metal capaz de cortar una varilla de hierro, también anzuelos de supervivencia, hasta aguja con hilo para coser botones y los botones. Me sentía protegido con esa arma blanca todoterreno.


Entré en el surco y me dispuse a cortar la primera jugosa piña, todos miraban cómo trataba de apartar las hojas largas y afiladas, pero ninguno fue en mi ayuda. Juro que desde la guagua se veían más pequeñas, el cuchillo de Rambo parecía un cortaúñas al lado de semejantes bejucos. Primero corté las hojas verdes y largas hasta dejar la piña sola, luego con mucho esfuerzo logré cortarla de raíz y la llevé a donde nos preparábamos para disfrutar del ácido jugoso. Todos miraban mi lucha para pelar aquella piña, pero creo que aun estaba verde o fuera de temporada.


Nunca en mi vida había pelado una piña, y después de haber quitado aquella cascara interminable; con la sinceridad que un líder debe tener, anuncié mi desconocimiento en cuanto a las temporadas de piñas, todos aceptaron que también pensaron que estaban maduras. Hice el intento con otra y después de una hora decidimos abandonar el lugar. Uno de los patos se enojó y trató de hacerme ver como un mentiroso delante de todos, después de varios gritos y afrentas terminamos enredados a piñazo limpio en ese sucio terreno, nadie nos separó, solo la sed y la deshidratación que teníamos a esa hora. Me levanté de la tierra y después de sacudirme, ordené que me siguieran; yo los metí en esto y yo los saco. Me siguieron en silencio, llegamos a la carretera y les dije que me esperaran allí. Fui directo a la casa donde vi entrar a la señora que intentó partir mi vara.


La joven señora estaba en la parte trasera de su casa, sentada al lado de una hoguera echando leña de la que cortaba, vi un tanque con agua y sin pedir permiso metí la boca y sacié mi sed, ella me dijo ­–¡si tenías sed, me hubieses pedido agua fría de la nevera! –¡es igual ya se me quitó! –le dije–, me hizo saber que esa era el agua de limpiar el patio y regar las matas. Le pedí disculpas por el incidente en la guagua y me dijo –¿Crees que no sé que soy una vieja de mierda?–.


Le conté nuestra travesía y no paraba de reír, le dije que necesitábamos comer algo y no había una tienda cerca… seguía riendo… –me voy a buscar un problema con mis amigos si no los saco de esta. Margarita (que era su nombre) fue a la cocina y trajo un pernil de puerco que tiró encima de la fogata sobre una especie de rejilla y me dijo –¡dile a tus amiguitos que vengan que yo no muerdo!–.


Salí a la carretera y silbé tan duro como pude, los patos salieron de su escondite y llegaron a la casa, les dije que no se preocuparan que todo estaba resuelto. Margarita nos recibió con una jarra de limonada y los chamacos se relajaron, el olor a puerco asado nos tenía locos. Llegaron dos nietos de Margarita y nos pusimos a jugar bolas en el patio hasta que por fin comimos. Ella disfrutaba viéndonos comer y repetir, los machuelos dentro de la bolsa ya estaban descongelados y se los ofrecí para que los usara, asados debían ser ricos. Había decidido dejar lo del Mariel para la semana siguiente, vendríamos con provisiones y los nietos de Margarita se sumarían al plan, ellos conocían la zona y estaban contentos de tener amigos habaneros.


Nos despedimos y agradecimos, pero al rato Margarita salió con una jarra llena de jugo de piña y nos dijo que esa sí estaba madura, el sol en la carretera estaba vivo y ella se imaginó nuestra sequía. Por fin después de una larga espera en la carretera, llegó la 218 y por el camino le echamos el ojo a playa Baracoa y Santa Fé, allí el mar era parte de las casas, entraba hasta la cocina. Uno de mis sueños era pescar desde la cama mientras veía televisión, tal vez conoceríamos a algún amigo que nos invitaría a quedarnos alguna noche.


Llegamos al 1830 que aunque fuera solo el restaurante, para nosotros era toda la zona, fuimos al puente frente a la panadería y estaba más lleno de lo normal, algo estaba pasando y los patos ya se habían ido por su cuenta. Me acerqué a un amigo para enterarme del problema y me contó que cara de piña había matado al flaco, un jinetero del barrio que era muy conflictivo. Cara de piña le decían a un señor que vivía encima de la panadería, era algo cojo y siempre iba a pescar ayudado por un bastón.


El señor era muy buena persona, pero ese muchacho siempre lo estaba jodiendo y se burlaba delante de todos dejándolo en ridículo. Le llegó el día, al parecer dentro del bastón había un estilete; ese día había aprendido tres cosas que no sabía. Un estilete era como una espada delgada que se esconde dentro del bastón, el muchacho se lo quiso quitar y lo que hizo fue desenfundarlo, entonces el señor le atravesó un órgano con el pincho y quedó muerto al instante.

También aprendí que el Perú era un país y que el henequén no era una piña sino una planta de donde se saca la fibra para fabricar soga y otros productos, Margarita me lo enseñó sin que mis amigos oyeran.


© Oscar Huerta


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